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  • Writer's pictureMari Del Brutto

Una santiaguina en Patagonia, venida y quedada hace 2 años y medio ya.

Llegué con una bici rutera (rueda finita y sin dibujos, exclusiva para pavimento), a vivir a una zona rural, a 20km de Coyhaique. En 1 año nunca me animé a pedalear en la ruta. Tenía miedo, me sentía lejos y, más importante, no tenía un grupo de amig@s formado aún. Terminé llevándome de regreso mi querida Brulett (así se llamaba) a Santiago, para venderla y volver a Coyhaique a conseguir una que se adaptara mejor al territorio y clima que estaba comenzando a habitar.


Me tomó 1 año y medio decidirme por una nueva bicicleta. Entre mucho mirar y probar, me convencí que una gravel (liviana, un entre-medio de la mountain bike y la rutera, ruedas que se adaptan a caminos no pavimentados, manillar curvo e ideales para bikepacking) es la bici ideal para mí.

La llegada de la primavera trajo consigo una nueva compañera de ruta. Comencé pedaleando de manera recreativa / deportiva, recorriendo rutas maravillosas de baja dificultad y cortas distancias (hasta 60k). Luego, tímidamente, me animé a transportarme en bicicleta dentro de la ciudad, momento en el que volví a sentir el placer de pedalear en pavimento, volando en las bajadas, esquivando autos, poniéndole empeño en las subidas y llegando a destino sintiendo mi cuerpo activo y concentrado en el presente.

Vivo en zona rural, en el radio periurbano de Coyhaique. 6 kilómetros me separan de mi trabajo. 100 metros de desnivel positivo. 30 minutos cada viaje en promedio.


Empezaba ya el otoño, y con ello un nuevo trabajo que me requería estar en Coyhaique de manera fija, todos los días, todo el día. Se abrió el dilema: ¿cómo me voy a ir a la pega cuando llegue el hielo y la nieve? Por mientras, le dejé esa pregunta a la Mari del futuro y me concentré en buscar la forma de aperrar con la lluvia.

Luego llegó la semana de la bicicleta, y me puse el desafío de completar los 5 días en bici. Esa semana llovió más de 50mm en Coyhaique. Me conseguí un pantalón de hule, un buen impermeable, botas de hule y anteojos con mica transparente. La experiencia de pedalear bajo la lluvia se transformó en un nuevo hábito muy disfrutado. Desde ahí prácticamente no dejé de pedalear a la pega.


Con esto, de a poco me comencé a sentir parte de la comunidad ciclista urbana de Coyhaique. Me formalicé como socia de la organización Cicleayque, “una organización basada en Coyhaique en donde buscamos promover y apoyar el cambio hacia una movilidad más activa, sana, inclusiva y responsable en nuestra ciudad”. Empecé a leer un poquito sobre el activismo de movilidad a pie y en bici que hace esta organización y comprendí la clave de hacer masa crítica, para dar cuenta ante las personas y autoridades que somos much@s l@s que nos movemos en bici y, por lo tanto, que necesitamos poder transitar sin correr riesgos. También empecé a entender que en esta ciudad SÍ SE PUEDE pedalear todo el año, a pesar del viento, lluvia, nieve y hielo. Sólo basta subirse a la bici e ir afinando la técnica.


Y llegó el tan temido invierno Patagón y con él el viaje de aprender a leer los tipos de nieve, si va o no a escarchar durante la noche, las temperaturas, el agua, el hielo y la tierra congelada. Aprender técnicas para no resbalarse, prueba y error. Compartir tips con l@s chic@s de Cicleayque y amig@s pedaler@s.

Resultado: Un par de caídas, varios moretones, algunos rayones en mi bici > instalación del miedo.

Hay días en que el temor a volver a caerme me invade y termino viajando en auto al trabajo. Esos días aprovecho de hacer las compras, así justificar el pique.


Comencé también a probar caminando, a sabiendas que conseguir que te lleven a dedo es bastante fácil en el sector que habito, eso me contó mi vecina una vez. Y llegó el descubrimiento del principio de, me gusta llamarlo, “vecindad amorosa”. Salgo a pie, con la certeza de que aparecerá alguno de los vecinos de siempre y me llevará en su auto, sintiéndome segura, tranquila y contenta por compartir una conversación matutina e irnos conociendo más. Al fin y al cabo, compartimos el espacio en el que vivimos, cuando salimos de viaje nos encargamos cuidarnos las casas y así se genera una suerte de intimidad barrial que me gusta cuidar y cultivar.


A veces dejo de pedalear por dos semanas por miedo al hielo y la nieve. Y es que priorizo el goce y plenitud al andar en bici, por sobre la tensión física y emocional que me genera andar en terrenos resbalosos.


Retomo entonces cuando me siento segura y, sobre todo, sepa que no voy a pasarla mal en el trayecto. Aún estoy aprendiendo, quedan más inviernos, pero por ahora siento que Coyhaique se ganó una nueva usuaria de bici.


La bici me da esa libertad y autonomía.




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