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  • Writer's pictureNicolás Smith

Voy y vuelvo

Mi hermano mayor se llama Esteban, le gustan los autos, pero más que nada los aviones.

Hace bastante tiempo se le complicó una neumonía y cayó en un coma el cual escondía un irreversible daño neuronal que lo dejó en estado de mínima consciencia y postrado en su cama en Concepción. Mi padre y madre trabajaron mucho para tratar de recuperar algo de sus hábitos, como comer, como reír. Ellos lo sacaban constantemente fuera de la casa, para que recorriera el barrio, su barrio, en silla de ruedas. Recuerdo mucho lo que costaba moverlo en las malas veredas de Conce. Pero le gustaba. Y lo siguieron haciendo durante 16 años. Esteban murió un miércoles de enero hace dos años acompañado por mis padres.


Mi sobrino Santiago es el segundo hijo de mi hermana mayor. Le encantan los mapas y es tremendamente risueño y amable. Cuando tenía 4 años le detectaron un cáncer en el cerebro. Suficientemente grande para un sin número de intervenciones, suficientemente grande para esperar algunos años para tener la gran cirugía que le extirparía su tumor. Tras esa operación su salud se deterioró mucho y tuvo que ocupar su silla de ruedas. Sus hermanos lo acompañaron todos esos días, hasta que su cuerpo no pudo más. Santi murió en su casa en Santiago hace menos de dos años.


Una de las muchas cosas que quedaron pendientes fue que, a pesar de su gravedad, pudieran conocer Coyhaique, nuestro corazón de la Patagonia. Yo quería mucho que hubiésemos compartido recorriendo un poco de nuestra ciudad. Pero no pudo ser.


Casi siempre recuerdo a mi hermano y sobrino cuando ando en bici, en ese tiempo de reflexión personal pero también de cómo compartimos nuestra ciudad, de cómo la construimos y mantenemos. Son mi nexo más cercano a las graves faltas de accesibilidad universal que viven a diario muchas personas.

Y siempre les recuerdo cuando paso por una obra que se ha metido por la raja las consideraciones obligatorias de accesibilidad. Siempre están ahí cuando caminamos por las deplorables veredas de Coyhaique. Siempre les recuerdo cuando veo cómo algunas personas estacionan sus autos y camionetas en las veredas impidiendo el paso de otras personas. Pero más que nada recuerdo a mis papás, a mi hermana y su familia intentando hacer avanzar sus recuperaciones. Recuerdo cómo, a pesar de sus sillas de ruedas y sus dificultades motoras, siguieron saliendo. Ahora veo cómo personas sin escrúpulos se toman sus espacios para impedirles esa recuperación, para impedirles el derecho obligatorio en nuestra sociedad, para seguir ahondando la vulnerabilidad de nuestras personas más vulnerables. Me imagino a mi hermano y sobrino tratando de pararse mientras personas ajenas y sin alma los empujan hacia abajo. Sólo por la comodidad del “voy y vuelvo”.


Y sí, si te estacionas mal estás cagándote sobre toda las personas que se mueven a pie (o que podrían estar haciéndolo más seguido), de quienes lo hacen en sillas de rueda, con apoyos, de niños y niñas que no manejan, de guaguas en coche y muchos más. Esto lo sabemos tod@s. Lo sabes tú y lo sabemos quienes te lo hemos dicho y reclamado. Lo saben tod@s quienes simplemente tienen que evadirte andando por la calle. Lo saben también quienes tienen la responsabilidad de fiscalizar y sancionar, pero que no han estado a la altura de proteger a quienes son más vulnerables.


Sigo pensando en qué pensarán esas personas con sus autos y camionetas en la mitad de la vereda. ¿Pensarán en sus seres queridos? ¿Pensarán en sus niñ@s o adultos mayores? ¿Pensarán en sus parientes con movilidad reducida? ¿Pensarán en el poco tiempo que les queda? ¿Pensarán que son la personificación de la falta de respeto y empatía? ¿Cuándo nos tomaremos esto en serio y actuaremos como personas en la sociedad en la que de verdad queremos vivir?


Y tú que estás acá, ¿en quien piensas cuando ves esto?

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